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Tratado Didáctico y Crítico de Lingüística General

Sinopsis

Cada uno de los cuatro capítulos que conforman los dos volúmenes de este tratado (La facultad del lenguaje, Universales del lenguaje, Las lenguas naturales y Las lenguas cultivadas) y algunas de las secciones están presentados por una cita de la obra de Dante Alighieri De vulgari eloquentia, obra escrita en torno a los años 1303-1304 (Gil Esteve y Rovira Soler 1997: 13). Esto no es casual, sino que se debe a que los postulados esenciales que han dado lugar a los enfoques presentados en este tratado, están basados en algunas de las ideas de la obra citada del gran poeta toscano. Estos postulados son los tres siguientes:

  • El objeto propio de la ciencia lingüística son las lenguas

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RESUMEN

Diez ideas fundamentales

Todo el presente tratado está guiado, tanto en la selección de los temas tratados, como en su presentación, desarrollo, ilustración, ejemplificación y crítica, por el siguiente decálogo, que constituye un ideario lingüístico (véase también Moreno Cabrera y Mendívil Giró 2014, capítulo 6):

  1. Todos los idiomas naturales hablados tienen una naturaleza lingüística idéntica y un grado similar de desarrollo y de posibilidades comunicativas y expresivas, independientemente de si las comunidades que los usan tienen tradición escrita o no o de si se conceptúan como modalidades individuales o colectivas, hablas, dialectos o lenguas propiamente dichas. Ello se deriva del hecho de que todas las modalidades lingüísticas, hablas, dialectos o lenguas naturales usadas espontáneamente son manifestaciones de la capacidad del lenguaje, que constituye una característica biológicamente sustentada de nuestra especie y que se manifiesta de modo material en la competencia lingüística individual.

  2. Las lenguas señadas son manifestaciones igualmente genuinas de la capacidad lingüística humana. El lenguaje humano se manifiesta, pues, en dos modalidades: la vocal y la gestual. Todas las lenguas señadas, como realizaciones de la capacidad lingüística humana, tienen también un grado similar de desarrollo y posibilidades para la comunicación y la expresión.

  3. Por tanto, las lenguas señadas deben ser objeto de la ciencia lingüística en la misma medida que las lenguas orales.

 
  1. Las lenguas naturales, tanto las habladas como las señadas, se pueden elaborar de muy diversas maneras complicándolas, simplificándolas o realizando sobre ellas cambios en uno u otro sentido.

  2. La mayoría o quizás todas las comunidades humanas elaboran sus lenguas naturales habladas o señadas con diversos fines (rituales, religiosos, mágicos, estéticos....).

  3. El resultado de la elaboración de las lenguas naturales es un tipo de lengua artificial, que denominamos lengua cultivada y que carece de algunas de las propiedades básicas de las lenguas naturales tales como las relativas a su adquisición natural por parte de los niños, sin ninguna acción educativa específica, a su uso automático e inconsciente por parte de quienes la utilizan o a su constante variabilidad y cambio adaptativos.

  4. Las lenguas naturales no son variantes empobrecidas, defectivas, vulgares o imperfectas de las que resultan de las elaboraciones que se hacen sobre su base, es decir, de las lenguas cultivadas, entre ellas, de las lenguas escritas.

  5. Las lenguas escritas son elaboraciones culturales de determinadas lenguas orales espontáneas. Son artificiales porque, como se enunció en el punto sexto, carecen de dos de las propiedades esenciales de las lenguas naturales: no se pueden aprender de forma espontánea, y desconocen la variación adaptativa espontánea, esencial para el desarrollo de las lenguas naturales. Las lenguas orales no son variaciones más o menos imperfectas o defectivas de las correspondientes lenguas escritas.

  6. Las lenguas escritas no suponen una mejora evolutiva de las lenguas naturales, sino todo lo contrario, dado que pierden características esenciales de ellas, que les aseguran su adaptabilidad y, por tanto, su supervivencia, tal como se ha razonado en los puntos anteriores. Las lenguas que solo se escriben no logran sobrevivir a largo plazo si no se acaban realizando oralmente o por señas.

10. La lengua escrita no se puede tomar como modelo de descripción y estudio de la lengua oral natural.

Seguramente algunas personas se mostrarán parcial o totalmente de acuerdo con todas o con algunas de las afirmaciones de este decálogo; más que nada porque, en general, se consideran en la actualidad social o políticamente correctas. Sin embargo, más que simplemente repetir y entender unas ideas, lo que se va a hacer en este tratado es desarrollar esas ideas en una buena parte de su enorme potencial, contando, claro es, con las limitaciones e insuficiencias de quien esto escribe. Cuando se intenta hacer esto, entonces se llega fácilmente a conclusiones que pueden sorprender enormemente y no gratamente a quien creía estar de acuerdo con todos o algunos de los puntos del decálogo anterior.

Examinemos uno a uno esos puntos para hacer consciente a quien esto lee de que se van a poner en cuestión un conjunto no desdeñable de opiniones aparentemente bien establecidas científicamente y asentadas en la opinión general.

El punto primero del decálogo afirma que no hay diferencia lingüística alguna sí la hay, evidentemente, social entre hablas, dialectos y lenguas. Eso significa que la distinción lengua/ dialecto tal como se concibe habitualmente no tiene justificación lingüística alguna. En realidad y en última instancia, tanto lengua como dialecto se utilizan para hacer referencia a un conjunto de hablas orales o señadas. Es claro que un conjunto de hablas no es un habla, igual que un conjunto de ovejas no es una oveja. Lo que podemos observar y registrar empíricamente son las hablas, no los dialectos o las lenguas; pero aunque éstas sean la fuente de los datos que se manejan en la lingüística, el fenómeno que se pretende describir no son esas hablas, sino las competencias lingüísticas de quienes las realizan. Por consiguiente, el objeto de la lingüística es la competencia lingüística, que no se puede observar directamente, sino solo a través de la actividad lingüística de las personas.

Podemos identificar la competencia lingüística con la lengua como objeto de estudio de la lingüística. En este caso, en puridad, hay tantas lenguas como personas; de hecho, hay más idiomas que seres humanos porque en muchas comunidades no es inhabitual que una misma persona tenga dos o más competencias lingüísticas (activas y pasivas). Lo que sí podemos establecer es una serie de similitudes entre las competencias lingüísticas, que nos posibilitan agruparlas en conjuntos que podemos denominar dialectos, que, a su vez, se pueden agrupar por sus similitudes en otros conjuntos mayores que llamamos lenguas. Pero tanto dialecto como lengua son puras abstracciones teóricas clasificatorias que pueden ser útiles analíticamente, pero en ningún caso entidades autónomas que se manifiestan en hablas. Por eso no tiene justificación decir que una lengua se compone de dialectos en el sentido de que los dialectos son manifestaciones o realizaciones de las lenguas, como cuando se dice que los dialectos andaluces son dialectos del español, en el sentido de que son realizaciones, variantes o variedades de esta lengua. Solo podemos decir que los diversos conjuntos de hablas andaluzas, agrupados en dialectos andaluces tienen una serie de similitudes lingüísticas, cuya explicación es histórica, con otros conjuntos de hablas de otras partes de España, como Castilla o León, que nos permiten agruparlos en un conjunto mayor, denominado lengua española peninsular. Si seleccionamos esas similitudes y las bautizamos como lenguas cometeremos un error, porque el conjunto de esas similitudes no forma lengua alguna, sino en todo caso un esbozo de competencia lingüística (y, por tanto un esbozo de lengua en su sentido tradicional), con muchos lugares abiertos  los correspondientes a las diferencias entre las hablas y dialectos agrupados , que en sí mismo no constituye una lengua completa ni utilizable, en sentido tradicional. Por eso, lo cierto es todo lo contrario de lo que se suele afirmar: no solo el dialecto o habla no es una realización imperfecta y parcial de una lengua, sino que ocurre lo contrario. Una lengua, en sentido tradicional, no es más que una especie de simulacro fantasmagórico, un remedo espectral de las competencias lingüísticas reales a partir de las cuales construimos ese concepto.

Por tanto, las lenguas, en el sentido tradicional, no se realizan en dialectos, ni se manifiestan en hablas; sencillamente porque son un conjunto más o menos homogéneo de entidades (las competencias lingüísticas) y no una entidad autónoma independiente. De forma análoga, sería absurdo decir que las ovejas concretas son manifestaciones o realizaciones más o menos imperfectas del rebaño que constituyen. Por supuesto, los zoólogos pueden agrupar en una especie todos los ejemplares de oveja observados por los rasgos que tienen en común y proponer una especie animal. Pero de ahí no se deduce necesariamente que cada oveja sea una realización más o menos perfecta de una entidad superior, que sería la única que propiamente podría denominarse como oveja, la especie en cuestión. Obsérvese que es muy frecuente oír que esta o aquella habla o dialecto no ha llegado a la categoría de lengua, que sería similar a decir que esta o aquella oveja particular no ha llegado a la especie de oveja.

La lengua como concepto social y político sí que consta de dialectos y hablas y ha de constituir uno de los objetos de estudio de la sociolingüística. Pero es importante subrayar que lengua desde este punto de vista no denota un objeto natural sino una entidad ideal culturalmente determinada (muchas culturas desconocen este concepto) que no puede ser el objeto de la lingüística teórica empírica, porque simplemente es una invención artificial y no una manifestación de la facultad biológicamente determinada del lenguaje humano. Solo la competencia lingüística de los individuos, que sirve de base para su habla espontánea coloquial es la manifestación genuina de esta facultad. En consecuencia, la lengua española (o la lengua inglesa, la lengua francesa, etc....) solo existe como entidad ideal culturalmente elaborada y no como un objeto de estudio de la lingüística teórica.

El segundo y el tercer punto del catálogo tienen implicaciones absolutamente demoledoras para la lingüística teórica dominante en la actualidad. Todas las generalizaciones sobre el lenguaje humano que no tengan en cuenta las lenguas señadas están irremediablemente sesgadas por los datos de las lenguas orales y, en algunos aspectos, están seguramente parcial o totalmente equivocadas. Como resulta que la mayor parte de la lingüística actual se basa exclusivamente en las lenguas orales, es claro que hay que replantearse toda la disciplina prácticamente desde los fundamentos. Desde mediados del siglo pasado, se han empezado a estudiar científicamente las lenguas señadas; pero, comparado con el estudio intensivo y abrumadoramente mayoritario de las lenguas habladas, este ámbito está en una situación claramente deficitaria e insatisfactoria, por lo que habrá que esperar a que estos estudios se intensifiquen para poder llevar a cabo el replanteamiento sugerido.

Los puntos 4, 5 y 6 hacen referencia al hecho de que las lenguas naturales, tanto habladas como señadas, pueden ser sometidas a diversos procesos de elaboración con unos determinados fines. Estas elaboraciones, que a veces complican y a veces simplifican las lenguas naturales en las que se basan, dan lugar a unas lenguas o, si se quiere, a unas competencias lingüísticas que no son naturales (se obtienen mediante acciones educativas) y que, por tanto, no son manifestaciones netas de la facultad del lenguaje humano biológicamente determinada.

El punto 7 hace referencia al hecho de que las lenguas naturales sobre cuya elaboración cultural se crean las lenguas cultivadas no pasan por ello a ser una especie de versión empobrecida o imperfecta de esas lenguas cultivadas. De esta manera, cuando una persona aprende, a través de la instrucción y del estudio, una lengua cultivada basada en su lengua natural nativa, no empieza a usar espontáneamente su lengua nativa como una especie de realización imperfecta, degradada o descuidada de esa lengua cultivada aprendida, aunque sí puede empezar a verla así, ya que lo más probable es que se le haya inculcado esa idea en su instrucción y que los hablantes crean firmemente que su habla coloquial es incorrecta, imperfecta o descuidada y, lo que es más grave aún, que esa creencia interfiera con las habilidades lingüísticas derivadas de su competencia

gramatical nativa, adquirida de modo espontáneo en la niñez, para distorsionar y desvirtuar sus resultados de forma más o menos intensa. Por tanto, no solo es falso que la lengua coloquial espontánea es una versión descuidada o imperfecta de la lengua cultivada basada en ella, sino que es verdadero que el aprendizaje artificial de esa lengua cultivada puede interferir de forma más o menos acusada en la realización de la competencia gramatical natural del individuo impidiéndole su puesta en práctica espontánea y natural y distorsionando y dificultando su actuación lingüística.

Los puntos 8, 9 y 10 del decálogo tienen que ver con la lengua escrita. Se afirma que las lenguas escritas, como lenguas cultivadas, no son lenguas naturales, sino artificiales que, por tanto, no se pueden aprender espontáneamente de modo automático e inadvertido, sino mediante instrucción específica dirigida, ni tampoco se pueden usar espontáneamente como tales lenguas escritas reglamentadas, sino con lentitud, empeño y esfuerzo y con unos resultados que serán evaluados la mayor parte de las veces como discretos, cuando no como insuficientes o incorrectos. La lengua espontánea natural se puede también poner por escrito, pero en este caso estamos ante la transcripción gráfica de una lengua natural y no ante una lengua cultivada. Se afirma, además, que las lenguas escritas no suponen una modificación o mejora evolutiva de las lenguas naturales orales o señadas: las lenguas escritas no son lenguas orales o señadas mejoradas o perfeccionadas ni cambian la naturaleza de éstas últimas.

Por último y, a tenor de las ideas precedentes, se afirma que la lengua escrita no puede tomarse como modelo de descripción lingüística a partir del cual se pasa a estudiar la lengua hablada o señada natural. Esto supone también un replanteamiento radical de la lingüística actual que, dado que procede de una tradición filológica milenaria basada en la lengua escrita, mantiene muchos conceptos y métodos de análisis que provienen de esta tradición y que, por tanto, son claramente inadecuados para estudiar las lenguas naturales orales o señadas. Pongamos un ejemplo de esto. Sobre la base de la lengua escrita, los gramáticos han identificado unas unidades aparentemente autónomas como los artículos y preposiciones que, en efecto, se escriben separados de los nombres a los que afectan. Sin embargo, es más que evidente que estos elementos son siempre prefijos en la lengua oral espontánea y no elementos independientes. Por consiguiente, alguien puede razonar que al hablar espontáneamente, al poner supuestamente en práctica la lengua cultivada escrita, la expresión que consta de dos palabras la casa se realiza mediante una adjunción del artículo al sustantivo de modo que se obtiene una única unidad fónica como [lakása]. Por decirlo así, en el habla se une lo que en la escritura aparece separado. Pero este punto de vista es claramente falso. Lo único que podemos decir es que en la lengua cultivada escrita separamos intencionalmente las unidades identificadas como artículos de los nombres a que afectan en la lengua natural en la que se basa esa lengua escrita. Como la lengua natural no es una realización de la lengua escrita, no podemos decir que, por las prisas o el descuido de los hablantes, en la lengua oral espontánea unimos aquello que debe estar separado tal como se decreta en la ortografía. Algo similar puede decirse de las preposiciones. Esto cuestiona la idea de que los artículos y preposiciones son elementos autónomos; parecen comportarse más bien como prefijos gramaticales.

Es más que probable que algunas de las personas que estaban de acuerdo con algunos o todos los puntos del decálogo, disientan de forma más o menos contundente de las consecuencias que se acaban de extraer de esas ideas. Este tratado está concebido y escrito precisamente para justificar todas esas conclusiones utilizando los instrumentos conceptuales y analíticos que nos proporciona la lingüística teórica actual más avanzada y desarrollada y, ya se ha dicho antes, con las inevitables limitaciones e insuficiencias de quien lleva a cabo esta tarea.

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