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Lengua y Nacionalismo

Sinopsis

En los últimos veinte años en Croacia, la limpieza del idioma o el purismo lingüístico se han convertido en tema relevante, presente a cada paso. Han florecido muchos manuales de consulta lingüística que elogian el purismo, a él aluden autores de numerosos y variopintos diccionarios, autores de tratados ortográficos, lectores y profesores, es solicitado por escritores de columnas lingüísticas en los diarios, por él se dejan guiar redactores de distintos programas sobre la lengua en radio y televisión.

Lo presentan como algo inequívocamente positivo, algo de lo que depende la subsistencia de la nación y la de cada uno de sus individuos, con el objetivo de atraer a lectores y oyentes

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Referencia:
Snježana Kordić

Capítulo I.

Purismo y nazismo

El purismo aparece como consecuencia de la concepción nacionalista de la lengua (Gardt 2000: 263), es “el equivalente lingüístico de la xenofobia y de la exagerada necesidad social de delimitar” (Coulmas 1996: 83). Hay investigaciones que demuestran que “el purismo lingüístico es un arma de la que se sirve la ideología racista y nacionalista” (Milroy 2005: 328).

No sorprende que “los postulados puristas sepan ser abiertamente racistas y xenófobos” (ibid.) cuando se sabe que los representantes del purismo aplican la “depuración” en la lengua y en las personas: “La ʻlimpieza étnicaʼ se desarrolla siempre antes en las cabezas, esto es, en el ámbito de las lenguas y los símbolos” (Altermatt 1996: 125). Así, “desde el viejo patriotismo lingüístico en la educación general de ciudadanos de orientación nacionalista y de intelectuales propagandistas, el desdén y el rechazo de todo lo ʻextranjeroʼ y lo ʻmezcladoʼ junto al énfasis excesivo del principio lingüístico del origen (etimología) se mantuvieron hasta el siglo XX como las formas preferidas de argumentación que podían ponerse en práctica con la gente al margen de la propia lengua” (Polenz 1998: 62). Por

ello, los impulsos que llevan a los individuos a concertarse con la así llamada pureza lingüística “no tienen ninguna relación con el habla, la escritura, la comprensión o con el espíritu literario” (Hobsbawm 1991: 133).

Asimismo, “existen pruebas de que la lengua en los sistemas totalitarios es ʻmás puristaʼ que en los sistemas democráticos. Se trata de uno de los espacios de la regulación ideológica. En el caso de los regímenes fascistas, como el nacionalsocialismo en Alemania, se trata del resultado de una ideología racista” (Clyne 1997:490). En Alemania el purismo floreció sobre todo en el periodo del Tercer Reich (Härle 1996: 29-30). Entonces, la “limpieza lingüística”, es decir, “la caza de la palabra extranjera” ya “en los primeros años de dominio del nacionalsocialismo alcanzó su cúspide” (Polenz apud Härle 1996: 29-30).

El purismo lingüístico en Alemania “ha tenido una y otra vez un papel importante como medio e indicador de la radicalización del nacionalismo alemán” (Polenz 1998: 62), y “durante el periodo nazista en Alemania, la política lingüística supuso una parte esencial de la formación de la identidad del Reich, estrechamente relacionada con el nacionalsocialismo xenófobo [...]. La manifestación más evidente de ello fue la reforma lingüística con el fin de eliminar los préstamos léxicos foráneos y el asegurar el uso de la lengua ʻnativaʼ ” (Ager 2001: 57).

Dos años después de que Hitler llegara al poder, en 1935, fue fundada en Alemania una institución estatal que velara por la lengua: la Oficina alemana para la protección de la lengua (Plümer 2000: 75). El nazismo estuvo detrás del purismo: “La ola nazista del purismo lingüístico ya consiguió resultados en los primeros años de nazismo, no tanto en la propia lengua como en la actitud política de un amplio círculo de ʻamantes de la lenguaʼ de orientación nacionalista procedentes de espacios cultural y políticamente determinantes: la escuela, la prensa y la administración. Esos ʻamantes de la lenguaʼ ofrecieron en 1933 sus servicios a las autoridades por iniciativa propia en la creencia

de poseer unos objetivos idénticos. Las autoridades al principio aceptaron sus servicios para aprovechar su euforia nacionalista de exaltación de lo germano en pro de una incitación política general, necesaria para el establecimiento de la dictadura” (Polenz 1967: 139).

El programa purista de los años 30 tenía el siguiente aspecto: “los informes administrativos y judiciales deben igualmente estar en una lengua ʻmás cercana al puebloʼ sin palabras extranjeras, al personal de la radio que use demasiadas palabras extranjeras hay que ʻinstruirloʼ o ʻdespedirlo en caso contrarioʼ, los productos alemanes deben ser patentados y presentados sólo con rótulos en alemán, las inscripciones no alemanas en establecimientos y los nombres extranjeros en los menús han de desaparecer, los nombres de restaurantes y rótulos de ubicaciones en los teatros han de germanizarse, las asociaciones deportivas ʻque no quieran hablar alemán no pueden ser objeto de subsidios pecuniariosʼ. Por todo ello y aún mucho más, la Sociedad para la protección del idioma exigía la adopción de una normativa y ofrecía para ello a sus iniciados ayudantes lingüísticos de manera gratuita. El eco por parte de los lugares interpelados no tardó en llegar y fue absolutamente positivo, lo cual puede verse con regularidad en los anuarios [de la revista de la Sociedad] de 1933 y 1934, en los informes sobre las medidas oficiales y los artículos de prensa” (ibid. 124).

En su amplio y redondo análisis del purismo en la Alemania de los años 30, Polenz (1967) describe el enfoque purista de la lengua: “Según la concepción del nacionalismo irracional, la lengua ʻno es un medio para el entendimiento, sino un ídolo nacional, al cual el hombre ha de rendirle unos honores lo más llamativos posibleʼ y al cual se ʻcompromete con demandas de una suerte de ‹‹principio vernacular›› que nada tiene que ver con las necesidades humanas y que puede negligirse en cualquier época sin producir por ello ningún daño ni para el hablante ni para el oyenteʼ. Los que depuraban la lengua creían –al igual que muchos críticos de la lengua hoy día- que tenían que proteger la

lengua del uso, de la comunidad lingüística como usuarios, como si la lengua fuera un ser absoluto al que los hablantes deben servir. Ante todo estaban acostumbrados a valorar las palabras conforme a su origen. La explicación de dicha costumbre no es únicamente la antipatía nacionalista hacia las lenguas extranjeras, no es ninguna concepción exclusivamente laica de la lengua; pues los auténticos ʻlaicosʼ -hablantes normales que no reflexionan sobre la lengua- no piensan en los términos derivados y en la etimología cuando usan la lengua. Ya que la mayoría de los ʻamantes de la lenguaʼ pasaron al menos durante la época del bachillerato por la escuela de filología tradicional, esta valorización purista del idioma se trata de una ciencia popularizada, aunque pervertida” (ibid. 141-142).

Al igual que hoy los lingüistas croatas se dedican a la croatización de los términos gramaticales y los introducen en las escuelas, así hicieron los puristas nazis alemanes. Polenz (1967: 125) habla de la, por entonces, “germanización de la terminología científica en el área de la gramática alemana, sobre todo en los manuales de enseñanza de alemán en las escuelas. Una lista de términos técnicos gramaticales de Klaudius Bojung elaborada desde los años 20 fue publicada como apéndice al decreto ministerial de 1938. Desde entonces todas las nuevas ediciones de manuales de alemán debieron aplicar el uso exclusivo de términos técnicos germanizados”.

Polenz (1967: 126-127) condena como lingüista esa germanización: “Semejante germanización introducida en lingüística desde el exterior quiso sustituir los términos gramaticales sólo por la germanización, sólo por el veto al origen extranjero. Además ocurrió que introdujeron términos germanizados que, a diferencia de los términos de procedencia extranjera, mayoritariamente inmotivados, llevaron a una conceptuación errada o unilateral de las categorías gramaticales [...]. A los autores les dio igual que a veces el uso imprescindible de los adjetivos o verbos adecuados llevase a neologismos que serían significativamente más forzados o infrecuentes que

los términos que ya funcionaban de origen extranjero [...]. Este cambio exclusivo del aspecto formal de la terminología gramatical no estaba lingüísticamente justificado”.

Puesto que entre los activistas puristas alemanes había profesores universitarios, “cabe aun preguntarnos cómo se llegó a la situación en que –como vimos- unos pocos expertos y profesores universitarios participaron de la embriaguez del purismo lingüístico los primeros años del nazismo, en vez de detenerla desde un principio con la fuerza de su competencia profesional” (ibid. 143). La respuesta no es difícil de hallar: “todo ello puede explicarse mediante las posiciones políticas personales o la acción del ʻespíritu del tiempoʼ ” (ibid.).

De hecho, “seguro que no hay motivos para deducir que el lingüista disfruta de cualquier tipo de autonomía particular o privilegios en relación con la ideología. Una de las ideologías cruciales del nacionalsocialismo fue la ideología de la lengua materna, y ella estaba fuertemente relacionada con los lingüistas y la lingüística. [...] El nazismo fue una coalición ideológica, y uno de los elementos fundamentales en esa coalición fue la protección de los derechos de la lengua materna: el nazismo fue un movimiento por los derechos lingüísticos” (Hutton 1999: 4).

Al servicio de la ideología nazi “los lingüistas creyeron que proteger y cuidar la lengua materna era su deber sagrado” (ibid. 6). En los lingüistas al servicio del nazismo, “ ʻla lengua maternaʼ fue elevada al altar de la divinidad, como un poderoso objeto de veneración (ʻde amor inquebrantableʼ), del que emana una fuerza vital” (ibid. 7). Este tipo de relación hacia la lengua es la que domina en la Croacia de hoy. El ejemplo del pasado alemán y de la actual Croacia demuestra que los lingüistas “pueden relacionarse con la realidad sociopolítica de una forma políticamente radical. Puede serlo en forma de culto por la unanimidad, limpieza, pensamiento único, identidad de ideas y orden lingüístico. Las reglas lingüísticas pueden verse como reglas sociales, y los significados de las palabras como significados ideológicos.

En tales circunstancias un lingüista totalitario puede concebir el sistema lingüístico de la misma forma en que un jurista totalitario puede concebir las leyes: como fuerza autónoma que delimita las fronteras de lo aceptable. El lingüista es un guardián de la lengua del mismo modo que el jurista es el guardián de las disposiciones legales” (ibid. 8). Debido a la simbiosis entre los lingüistas y el nacionalismo se ha llegado al punto de ser “la lengua un elemento tan natural del nacionalismo y el racismo que términos como el nacionalismo lingüístico o el lingüicismo me parecen superfluos por tautológicos” (Fritsche 1992: 86-87).

Cuando con el tiempo los puristas de la Alemania nazista comenzaron a objetarles a los ministros que no usaban suficientes palabras autóctonas alemanas, entonces “el ministerio de Goebbels se volvió contra la exagerada exaltación de lo germano y contra la resurrección de antiguas palabras alemanas de sonoridad misteriosa” (Polenz 1967: 140). Polenz (1967: 140-141) cita el ministerio de Goebbels. “Hay que dejar bien claro que nuestro movimiento no desea tener nada que ver con esos juegos de palabras. Esto incluye el uso de las supuestas denominaciones alto-alemanas de los meses como Lenzing [=marzo] etc., que los diarios alemanes deben dejar de utilizar desde ahora. Palabras como Thing, Kult, recuerdan a aquellos profetas populares de los que nuestro Guía en su libro Mein Kampf dice que volverían a caminar con todo el gusto vestidos con pieles de oso, y que además aseguran que inventaron el nacionalsocialismo cuarenta años antes que él. El movimiento nacionalsocialista está demasiado próximo a la verdad y la vida para que le haga falta extraer de tiempos antiguos conceptos periclitados y muertos, que de ninguna manera pueden ayudar en la batalla política del día, sino que muy al contrario, sólo suponen una carga”.

Tras diez años de dominio del purismo en Alemania, las actividades puristas fueron abandonadas. Se llegó a tal solución porque los sacerdotes del idioma en su publicación “Lengua materna emitían constantemente la queja de la indiferencia

de los que mandaban en relación a la cuestión de las palabras foráneas”, atrayéndose así las antipatías de los aludidos capitostes, Goebbels y Hitler (Plümer 200: 76). Por ello “el decreto hitleriano emitido en 1940 dio fin a las actividades puristas de la Sociedad para la protección de la lengua: ʻDespués del informe del ministro del Reich y del canciller del estado, el Führer había percibido varias veces en los últimos tiempos –también en la administración pública- que las palabras de origen extranjero hacía ya tiempo asimiladas eran sustituidas por expresiones obtenidas mayormente mediante la traducción, y que debido a ello mismo resultan desagradables por regla general. El Führer no deseaba una germanización tan virulenta y no permitió el reemplazo artificial de voces foráneas adaptadas al alemánʼ ” (ibid. 76-77).

El tiempo del purismo lingüístico en Alemania desde principios de los años 30 hasta principios de los 40 fue denominado por un análisis lingüístico “la última fase grotesco- trágica del purismo lingüístico alemán” (Polenz 1967: 113). Tras este periodo, ya en los años 60 se viene constatando en Alemania que “no hay más purismo lingüístico público hoy” (ibid.).

En base a los datos sobre la Alemania de los 30, resulta evidente que en el asunto del purismo no está justificado ocultar la información de que el análisis del purismo constata “la relación de la pureza de la lengua con la insania racista” (ibid. 130). Y cabe evocar la memoria “de los pecados vulgar-científicos y las desgracias de los años treinta como ejemplo y advertencia” (ibid. 160).

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